Casi 10 años en La Ventana: El camino, nuestra familia y la esencia de CHILOCHILL

CHILOCHILL no nació pensando en números o en métricas de ocupación; nació como el sueño de un estilo de vida diferente. Un camino en el cual pudiéramos estar genuinamente más conectados con nuestro cuerpo, con la naturaleza y con el momento presente. Nació del deseo profundo de ver crecer a una familia: tanto la propia, de la mano de Blanca y nuestras hijas—quienes ya nacieron con este proyecto andando y hoy son su corazón—, como esa familia adoptada que son nuestros colaboradores, amigos y comunidad.

Esto es, en cada rincón, la materialización de una filosofía de vida.

A lo largo del camino, este sueño se convirtió en nuestra herramienta más poderosa para generar bienestar en el entorno. Creemos firmemente en la abundancia compartida; por ello, nuestro motor diario es impulsar empleos dignos y bien remunerados, cultivar un clima laboral sano y crear experiencias que ayuden a nuestros huéspedes a recordar lo verdaderamente importante. Nos apasiona diseñar un espacio donde las familias puedan convivir juntos pero no revueltos, respetando la individualidad pero celebrando el encuentro. Un santuario donde se estimulan todos los sentidos —los que conocemos y los que se descubren al pisar esta arena— para regresarnos al disfrute más puro y natural de la vida.

Miramos hacia atrás y nos sentimos sumamente orgullosos de liderar este espacio por ya casi una década en La Ventana. Esta visión comenzó a tomar forma desde los días del Wind and Music Fest en Los Mochis, evolucionando en el Beach Club Maviri, hasta llegar a los inicios de CHILOCHILL aquí en la Baja. Recordamos con cariño cuando todo era una casa rentada donde Blanca y yo atendíamos personalmente a cada huésped, cocinábamos, dábamos las clases de Kite, los tours de bici, paddle y snorkel. Ese esfuerzo hands-on fue el cimiento de lo que hoy somos.

Este éxito es un mérito estrictamente colectivo. Se ha construido con el sudor, el talento y el corazón de cada colaborador, socio, familiar y amigo. Hemos recibido una ola de amor de la comunidad y de clientes que nos regalan sonrisas y palabras de gratitud que nos confirman que estar aquí les cambió la vida: “llegaron siendo una versión de sí mismos y se van distintos”.

Claro que el camino no ha sido plano. Hemos enfrentado la otra cara de la moneda: envidias, calumnias, hackeos, robos y la incertidumbre de una pandemia global. Sin embargo, lejos de quebrarnos, cada uno de esos desafíos nos mostró la fuerza de la colectividad y el apoyo mutuo. Esos retos fueron los que nos ayudaron a madurar, a blindar nuestra operación y a entender que la verdadera resiliencia no está en las paredes del hotel, sino en los corazones de su gente.

Hoy, más que nunca, agradecemos a Dios y a la vida por poner a las personas adecuadas en nuestra ruta y por la fortuna de continuar construyendo CHILOCHILL, no como un negocio, sino como nuestra máxima filosofía de vida.

Infinitas gracias. ¡Hecho está! Gracias, gracias, gracias.

Atte.

Alfred, Blanca, Pia, Lua y el equipo de CHILOCHILL